Wall·E es una película conmovedora, construida sobre personajes robóticos que, por toda capacidad de expresión, son capaces de mover los brazos y cambiar la orientación de la mirada. Y, a pesar de todo, son emotivos. Basta un pequeño roce de carrocerías para construir una magnífica escena romántica. Y eso desmonta al espectador, que como mucho (y no es poco), había conocido la expresividad de R2-D2. Además, hay una cuasi total ausencia de diálogos (aunque sí aparece una distinta forma de “diálogo no hablado”), que no hace sino aumentar el mérito del guionista / director / productor / etc.





