The Confession es una webseries estrenada en 2011 a través de Hulu, compuesta por 10 episodios de 6 minutos de duración. En mi caso, opté por ver el montaje completo de 60 minutos que se ofrecía en Netflix –ese fantástico servicio.
He aquí la premisa: un asesino a sueldo entra en una Iglesia Católica y se dirige al confesionario. Una vez allí, revela su profesión al sacerdote, así como su intención de asesinar a un hombre esa misma noche.
Toda la historia se desarrolla en torno a la pregunta por el pasado: ¿qué hay detrás de dos hombres tan diferentes entre sí? ¿Que les ha llevado a conectar de modo tan extraño en este confesionario? No puedo comentar mucho más, porque caería en los dichosos “spoilers” y no es mi intención. Merece la pena ver este pequeño trabajo, aunque a veces –como casi todo en esta vida– caiga en excesivas simplificaciones. The Confession se pregunta por la naturaleza y el origen del mal; la culpa y el perdón y el castigo de vivir con las culpas perdonadas.
Me pregunto cuál es la impresión de la enseñanza católica que un no-Cristiano obtendría de esta historia. Es difícil de decir, porque carezco de esa “neutralidad”. Pero desde luego es un atrevido –y entretenido– ejercicio de reflexión que sigue una magnífica receta: bajo presupuesto; alto nivel de drama; excelentes actores.
Las películas de deportes tienden a crear una estructura narrativa en torno al juego, su desarrollo, y los resultados en las diferentes fases (eliminatorias, ligas, etc.) El boxeo, particularmente, forma un pequeño micro-género dentro de este mundo. La variedad de títulos es amplia: El Hombre Tranquilo, Toro Salvaje, Rocky, Hurricane, y un largo etcétera.
El otro día vi –¡por fin!– The Fighter. A todas luces, una gran película, especialmente por las formidables actuaciones de Bale, Wahlberg y Amy Adams. Es, además una gran historia plasmada en un gran guión. Pero me hizo recordar que no deja de ser otra historia de boxeo, que obedece –más o menos– a una estructura muy simple de “ascenso, caída y ascenso”. Me vino a la cabeza Cinderella Man, por cuanto la estructura narrativa –esa cosa que se repite en tantísimas películas y que sin embargo nunca cansa, precisamente porque es lo que hace que todo funcione– es sorprendentemente similar.
Cambiemos el contexto de la Gran Depresión por el sub-mundo de la adicción al crack. Cambiemos una esposa y dos hijos (Cinderella Man) por una novia, una madre y siete hermanas trastornadas (The Fighter). Cambiemos a Paul Giamatti por Christian Bale, ambos entrenadores. En ambas películas, tanto Jimmy Braddock como Micky Ward necesitan dinero, y mucho. Los dos se fracturan una mano, por lo que tienen que dejar de pelear. Los dos son tentados por el ring nuevamente, y regresan. Los dos confrontan a boxeadores de mayor peso y categoría (sea Max Baer o Alfonso Sánchez). Incluso los combates se desarrollan de manera muy similar: en las primeras cinco rondas al protagonista le dan para el pelo. Entonces el entrenador le proporciona inspiración –un recuerdo, una promesa– y el boxeador reacciona. Pero no es suficiente: el contrincante es muy superior y su poder parece capaz de doblegar la voluntad del protagonista… Hasta que aparece la chica –o su imagen, o memoria, o cualquier otra forma de recordar al protagonista que en realidad está luchando por los que más quiere. Y entonces llega el truco final: un movimiento inteligente que proviene de una pista plantada 45 minutos antes: el puñetazo letal de Baer, los golpes al cuerpo de Ecklund… o “castigar el hígado”, si hablamos del Potro Italiano. Y entonces el oponente cae y nuestro protagonista se da cuenta de que lo único importante es su familia o su mujer o su novia. Y no tanto el boxeo. El arco se cierra, el personaje crece, aprende y se completa.
Todo esto no quiere decir, ni por asomo, que The Fighter sea una película formulaica o topicoide. Todo lo contrario. Esto prueba que la llamada “estructura” tiene sentido y funciona. Es la prueba de que la estructura es necesaria, es parte inherente de la narración, de la confrontación de un personaje con un conflicto y de su crecimiento a través de dicha confrontación. Así es como se cuentan las historias.
Acabo de tener otro agradable encuentro por la red, en esta ocasión más en términos de estética que de narrativa. Se trata de una colección -en crecimiento- de los mejores fotogramas de las mejores películas que hay por ahí. Se llama Beautiful Stills from Beautiful Films y, sin duda, merece una visita.
Como ya hicimos recientemente con Knight and Day, vuelvo a presentar un pequeño ejercicio de análisis de estructura de guión. En este caso, la elegida -dentro de los parámetros del “cine corriente y moliente”- es Unstoppable (Tony Scott, 2010). Una película mucho mejor en todos los sentidos que la ya citada Knight and Day. Para empezar, cuenta con mejores intérpretes y un director con un pulso excepcional: acordémonos de Enemy of the State, Spy Game, Man on Fire…. Y ante todo, el guión es bueno. Mucho más sólido y con un desarrollo de los personajes mil veces más profundo. Aunque quizá un poco cargado de tecnicismos ferroviarios y demasiado invasivo en términos de planificación. Pero merece la pena.
Que nadie se rasgue las vestiduras. De vez en cuando viene muy bien un poco de cine de digestión ligera (aviso de que tengo en camino un jugoso artículo en apología del “cine de palomitas”). Y muy pocos o ninguno se dan cuenta de lo aleccionador que resulta estudiar a fondo esas películas “de baratillo”. Porque la mayoría (de las películas) lo son, y además la mayoría se producen, y la mayoría ganan dinero: o sea, que gustan. Y además están –en su mayoría, otra vez– llamativamente cortadas por el mismo patrón. Un ejemplo: Knight and Day (Mangold, 2010). Aquí dejo colgado el guión original (que sufrió importantes cambios en reescritura) y, a modo de ejercicio, un análisis de la estructura de la historia. Todo ello en inglés. Y por supuesto, con spoilers.
Aunque las estructuras nunca deben convertirse en fórmulas rígidas, son interesantes puntos de apoyo para el escritor. El último ejemplo me lo dio el profesor Duncan, hablando sobre la estructura del romance. Y me tomé la molestia de hacer un ejercicio práctico con la película Notting Hill (Michell, 1999). Guión ejemplar de Richard Curtis, grandísimas interpretaciones, maravillosa música.
Echemos un vistazo a la estructura modélica de una historia de amor convencional, en diez pasos:
Chico conoce chica.
Problema: entre ambos, o para uno de ellos.
Chico se enamora.
Chico pierde a la chica. Culpa de él.
Chico recupera a la chica.
Chico pierde a la chica. Decisión de ella. Parece definitivo.
Chico recupera a la chica.
Chico pierde a la chica, por una fuerza externa y aparentemente insuperable.
Chico recupera a la chica…
Y chico aprende una lección, elimina la fuerza externa insuperable, y vivieron felices y comieron perdices.
No todos los pasos han de ser seguidos en éste orden, pero habitualmente todos ellos están en la historia de un modo u otro. Chico y chica son intercambiables: puede ser ella la que nos guía en la historia, aunque es menos habitual. Y como siempre, puede haber excepciones. Ahora veamos cómo la cosa aplica en la mencionada Notting Hill.
Anna Scott, diva hollywoodiense, entra en la cochambrosa librería de William Thacker.
Siguiendo un impulso inexplicable, Anna besa a William después de que éste derrame zumo de naranja sobre ella. Anna necesita explicarse.
Anna pide a William que vaya a verla. Se disculpa ante él… ocasionando que Will quede perdidamente enamorado.
Tras una maravillosa velada, resulta que Anna tiene novio. Will se retira (clásico amor imposible, como Romeo y Julieta).
Anna se presenta de nuevo en casa de Will, ocultándose de la prensa. Segunda oportunidad.
Pero la prensa aparece en casa de Will, por un pequeño desliz de su compañero de piso… Anna piensa que Will la ha engañado y dice adiós.
Will se entera de que Anna está en un rodaje en Londres. Decide ir a verla.
Accidentalmente, Will escucha una conversación en la que Anna le ningunea delante de sus colegas de estrellato. Will dice adiós.
Anna se presenta en la librería. Se presenta la tercera oportunidad, pero Will ha aprendido y dice “no”.
Will, dubitativo, pide consejo a su familia. Se da cuenta de que ha sido un orgulloso y trata de enmendarlo: se declara en una rueda de prensa (magnífica escena) y ella dice “sí”.
En consecuencia, nos pasamos toda la película entre las sonrisas y las lágrimas, siempre deseosos de conocer cuál será el siguiente paso, tanto o más que en una película de auténtico suspense. Para terminar, la frase de la película (en Inglés, que para eso se hizo en ese idioma), que contiene el clímax, el tema, y el todo de la historia:
After all… I’m just a girl, standing in front of a boy, asking him to love her.
No conocía de la existencia de este sujeto hasta hace una semana, cuando los alumnos del SFTV de LMU fuimos invitados a una masterclass con Brian Helgeland. Eché un vistazo a su perfil de IMDB -tal y como deberíais hacer ahora mismo- y me maravillé: se trata del guionista que firmó la magnífica “L.A. Confidential“, y tantos otros títulos importantes como “Conspiracy Theory“, “Man on Fire” y “Mystic River“. E incluso la reciente “Robin Hood” de Ridley Scott.
Recojo a continuación algunos de mis apuntes tomados durante la citada masterclass (sólo son notas personales, nada es literal):
Escribe todas tus ideas, todo en cualquier momento y lugar. Algunas de esas ideas simplemente desaparecerán (y las encontrarás entre tus papeles, un par de años más tarde) y otras seguirán volviendo a tu cabeza como tiburones alrededor de la balsa del náufrago.
¿Esquema, tratamiento? No veo la diferencia: mis historias siempre empiezan con un párrafo y luego crecen, y crecen… todo al mismo tiempo: la trama, la estructura, los personajes…
Cuando me quedo bloqueado en alguna parte de la historia, casi el 90% de las veces me doy cuenta de que la causa es esa escena del primer acto que tanto me gusta… y que debo eliminar.
Cada secuencia de acción debe revelar algo sobre la historia, el personaje, etc. Y se debe establecer de antemano un problema realmente difícil, para que esa secuencia que lo resuelve sea verdaderamente entretenida.
El pitch: evita que tenga lugar después de comer… Y lo mejor que puedes hacer es sonar convincente, como quien ama su propia historia.
Se aprende a escribir escribiendo. Cada guión es tan específico que se aprende todo sobre él mientras se escribe. Por eso es bueno haber hecho malas películas también: se aprende mucho… y nadie las conoce.
Nunca he visto un gran guión que no llegue a ser producido. Si es realmente bueno, va a funcionar. Por lo tanto, si quieres que llegue a alguna parte, sólo necesitas lograr un objetivo: ¡emocionar al lector!
Diálogo: lo suelo escribir todo del tirón, y una vez terminado lo leo en voz alta. Y desde ese momento sólo intento abreviarlo. El diálogo no es como la realidad: en una conversación normal, absolutamente nadie dice una frase completa…
Trabajo todos los días. Me gusta empezar temprano en la mañana, y siempre tener mucho tiempo por delante (si sé que tengo una cita a las 10AM, no puedo empezar a escribir a las 8…)
[Preguntado sobre sus tres películas favoritas]: una de ellas es “¡Qué bello es vivir!“.
Nos gustan las listas. El sabio siempre dice que es muy aconsejable colgar listas en los blogs. Así que le haremos caso. Esta vez, gracias al Arte por el Arte, que nos dejó un interesantísimo post a cuenta del reportaje de El País Semanal, sobre las 100 películas que han escogido 100 artistas del cine hispanoamericano como las que “cambiaron su vida”. La cosa empieza así:
Exterior. Noche. En una terraza, antes de la dispersión veraniega, cena un grupo de directores españoles. [...] Se aguarda la llegada tardía de los que siempre llegan con retraso; y mientras se espera, aún se puede hablar de cine. Todavía solo de cine, esa cosa que nos movió a dejar de ser médicos, arquitectos, funcionarios, comerciantes, periodistas… La vida, a veces, es de cine.
Y la lista, que ya sé que es lo que interesa, empieza con estas diez joyas:
Qué difícil es entender a Kevin Costner, el hombre capaz de lo mejor (Los Intocables) y de lo peor (¿pongo ejemplos?) Y qué difícil es entender al público, porque había escuchado toda clase de críticas deshinibidas contra Open Range. Prácticamente, insultos: aburrida, soporífera, sin sentido, decían. Claro, cuando la vi me indigné. ¡Esa película no se puede hacer mejor! Es una constante lección de dominio del lenguaje cinematográfico, de sentido estético y, al final -que es lo importante- de arte dramático. No cabe duda de que se trata de un guión sencillo (que no es lo mismo que plano) pero, ¡qué interpretaciones -Costner, Duvall, Benning-, qué cariño en cada secuencia, en cada plano, qué arte en la luz, qué música! No se la pierdan, por favor, cierren los ojos y escuchen:
No sé, a veces pienso que soy un inútil para la crítica cinematográfica, pero me parece que Open Range es de lo mejor que he visto en los últimos años, al igual que me pasa con otros ejemplos de retorno al género clásico, como fue la maravillosa Master & Commander, o tantas otras. Si se fían de mí, vean Open Range.
Ya hemos hablado mucho de esta pareja, que no en vano ha sido protagonista del cine mainstream en 2010 (admemás de haber sido marido y mujer; y haber trabajado juntos en varias ocasiones…) Y aún hemos hablado más, y más aún… y todavía más. Pero quien levanta expectativas, debe pagar un precio: el juicio de los resultados. Y ahora -por una de esas casualidades de la vida- he tenido la oportunidad de ver dos películas que arrojan conclusiones interesantes sobre Cameron y Bigelow: la primera es de él, True Lies (Mentiras Arriesgadas, 1994); y la segunda, de ella: Point Break (Le llaman Bodhi, 1991).
Le llaman Bodhi no deja de ser un título bastante convencional, de acción, con actores y actrices guapos y guapas y escenas bien trabajadas… No está mal, pero no es ninguna joya. A pesar de eso, se la recordará por uno de los primeros usos realmente atrevidos de lasteadicamy por los famosos atracadores conocidos como “Los Ex-Presidentes”. Pero la historia es débil, busca su raíz en las extrañas divagaciones pseudomísticas del antagonista y fracasa en el intento. Después de llegar a esta conclusión he pensado que, en el año 2009, la misma directora estrenó The Hurt Locker. Y me parece una buena noticia.
Mentiras Arriesgadas, por su parte, también tiene algo de convencional. Pero le da esa “vuelta de tuerca” que siempre es tan de agradecer. Las escenas de acción se llevan al extremo de lo inverosímil deliberadamente y con acierto. (Esto me recuerda que la escena de Live Free or Die Hard en la que Bruce Willis pilota un avión de combate está clarísimamente tomada de la película de Cameron). El factor “vida privada” que introduce en la vida de un super-agente secreto distorsiona las tramas y las enriquece. Los diálogos son tronchantes durante 140 minutos, y no hay un sólo segundo de aburrimiento. Es, en el fondo, ese brillante ejercicio de tomar una historia conocida y buscarle las cosquillas para que sea nueva y la disfrute el público… Y, una vez más, después de llegar a esta conclusión he pensado que, en el año 2009, el mismo director estrenó Avatar. Y, lo siento mucho, pero me parece una mala noticia. Ustedes dirán.
“Lo que necesitáis no es un rey… sino una madre”. Es lo que Max opina de los monstruos, no sin razón. Más allá de la discusión -ya liquidada- de si ‘Where the Wild Things Are‘ es para niños o para adultos, está claro que no es para todos los públicos: a muchos les aburrirá tremendamente, y otros saldrán espantados del surrealismo que impregna muchas escenas. Y pocos, unos pocos, llegarán al the end maravillados por lo que se puede hacer en una película a base de contrastes de recursos retóricos, de música y emociones. A este propósito, me parece muy acertado lo que dice Nacho Vigalondo en su Diario Cinematográfico:
Donde viven los monstruos es una película capaz de generar un sentimiento por el que el cinéfilo medio debería tener más cariño: el desconcierto.
El país de los monstruos -el lugar al que viaja un iracundo Max enfadado con su madre- es el lugar de los defectos y vicios del ser humano: la ira, la envidia, la soledad, el pesimismo, la susceptibilidad… en fin, la tristeza. Y aún así es fácil descubrir que las personas no son sus defectos (los tienen, pero no los son).
La película es, además, un maravilloso canto a la maternidad “a pesar de los pesares”. Dice KW, poco antes del final, y no sin ironía después de todo lo visto y oído: “Te quiero tanto… que te comería”.
El cine es un arte maravilloso y cautivador. También lo es la literatura. 'Scenas de Guión' es para disfrutar con las artes narrativas, en general. Porque pueden enseñarnos mucho acerca de la vida. Y porque, practicándolas, también podemos enseñar mucho a los demás.
Aquí encontrarán cuestiones variadas acerca del guión cinematográfico; crítica de cine; escenas míticas, y otras reflexiones. Quizás, también, algo de literatura y artes visuales... que lo disfruten.
"Una película tiene tres elementos fundamentales: el guión, el guión y el guión".
Sir Alfred Hitchcock
"Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspense".
Sir Alfred Hitchcock
"¿Quién necesita a un guionista? Dadme un director competente y un par de actores inteligentes y en ocho semanas os mostraré a los tres tipos más nerviosos que hayáis visto".
Groucho Marx
"Escribir un guión no es esperar a que llegue la musa y te bese en la frente; es un trabajo muy duro. He hecho ambos trabajos, y sé que dirigir es un placer y escribir un guión es un rollo".
Billy Wilder
"Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate".
Billy Wilder