Las películas de deportes tienden a crear una estructura narrativa en torno al juego, su desarrollo, y los resultados en las diferentes fases (eliminatorias, ligas, etc.) El boxeo, particularmente, forma un pequeño micro-género dentro de este mundo. La variedad de títulos es amplia: El Hombre Tranquilo, Toro Salvaje, Rocky, Hurricane, y un largo etcétera.
El otro día vi –¡por fin!– The Fighter. A todas luces, una gran película, especialmente por las formidables actuaciones de Bale, Wahlberg y Amy Adams. Es, además una gran historia plasmada en un gran guión. Pero me hizo recordar que no deja de ser otra historia de boxeo, que obedece –más o menos– a una estructura muy simple de “ascenso, caída y ascenso”. Me vino a la cabeza Cinderella Man, por cuanto la estructura narrativa –esa cosa que se repite en tantísimas películas y que sin embargo nunca cansa, precisamente porque es lo que hace que todo funcione– es sorprendentemente similar.
Cambiemos el contexto de la Gran Depresión por el sub-mundo de la adicción al crack. Cambiemos una esposa y dos hijos (Cinderella Man) por una novia, una madre y siete hermanas trastornadas (The Fighter). Cambiemos a Paul Giamatti por Christian Bale, ambos entrenadores. En ambas películas, tanto Jimmy Braddock como Micky Ward necesitan dinero, y mucho. Los dos se fracturan una mano, por lo que tienen que dejar de pelear. Los dos son tentados por el ring nuevamente, y regresan. Los dos confrontan a boxeadores de mayor peso y categoría (sea Max Baer o Alfonso Sánchez). Incluso los combates se desarrollan de manera muy similar: en las primeras cinco rondas al protagonista le dan para el pelo. Entonces el entrenador le proporciona inspiración –un recuerdo, una promesa– y el boxeador reacciona. Pero no es suficiente: el contrincante es muy superior y su poder parece capaz de doblegar la voluntad del protagonista… Hasta que aparece la chica –o su imagen, o memoria, o cualquier otra forma de recordar al protagonista que en realidad está luchando por los que más quiere. Y entonces llega el truco final: un movimiento inteligente que proviene de una pista plantada 45 minutos antes: el puñetazo letal de Baer, los golpes al cuerpo de Ecklund… o “castigar el hígado”, si hablamos del Potro Italiano. Y entonces el oponente cae y nuestro protagonista se da cuenta de que lo único importante es su familia o su mujer o su novia. Y no tanto el boxeo. El arco se cierra, el personaje crece, aprende y se completa.
Todo esto no quiere decir, ni por asomo, que The Fighter sea una película formulaica o topicoide. Todo lo contrario. Esto prueba que la llamada “estructura” tiene sentido y funciona. Es la prueba de que la estructura es necesaria, es parte inherente de la narración, de la confrontación de un personaje con un conflicto y de su crecimiento a través de dicha confrontación. Así es como se cuentan las historias.
Acabo de leer un interesantísimo artículo en www.writersstore.com escrito por James Bonnet que comienza planteando una interesante cuestión: ¿se ha preguntado alguna vez por qué personajes como Sherlock Holmes, King Arthur, Achilles, Scrooge, Dorothy y Superman durarán para siempre? Todos ellos tienen un algo en común que los hace tan carismáticos como inolvidables. Y todo escritor sueña con crear uno que pase a engrosar esa selecta lista de héroes.
Pues bien, a ese denominador común James Bonnet lo denomina: quintessential. Término que definido como «the most perfect manifestation or embodiment of a quality or thing», y aplicado a una narración, significa hacer de los elementos de esa historia el mejor ejemplo del quintessential. Un término de tal importancia que, según Bonnet, las grandes historias e incluso mitos y leyendas están dominadas por estos quintessential elements.
Y propone ejemplos: Zeus, el dios más poderoso; Helena de Troya, la mujer más hermosa, Aquiles, el más grande guerrero; Camelot, el reino más fabuloso; Sansón, el guerrero más fuerte… además de otros referidos a géneros tan diferentes como los que engloban a películas como Romeo y Julieta o Harry Potter, Gladiator, Titanic, Armageddon…
A la pregunta de por qué es tan determinante este elemento creativo, Bonnet contesta: «because if you make something the most extraordinary example, you will make that idea more intriguing. A secret chamber is fascinating in itself, but you could make it even more fascinating by making it the most intriguing secret chamber of all time.» Así de simple.
«Characters that can’t be merchandized are probably not very good characters. They need to have their dominant qualities further purified and evolved.» Entonces, ¿puede nuestro personaje ser una persona normal? Por supuesto, pero haz de ella la persona más normal que jamás ha existido.
Y no se pierdan su definición de carisma. Por cierto, ¿conocen ustedes a Archie Bunker?
* James Bonnet was elected twice to the Board of Directors of the Writer’s Guild of America and has acted in or written more than 40 television shows and features. The radical new ideas about story in his book ‘Stealing Fire from the Gods: A Dynamic New Story Model For Writers And Filmmakers’ are having a major impact on writers in all media. Bonnet also teaches the workshop ‘James Bonnet’s Storymaking: The Master Class.’
Sin intención de crear polémica, digamos que el porcentaje total de sus discursos se reparten en un 50% del guionista y el otro 50% de este genio de la interpretación. Hay quienes dicen que a día de hoy, encasillado en un papel -un tono de voz y una gestualidad-, Al Pacino carece de recursos interpretativos suficientes para ser considerado como uno de los mejores actores del séptimo arte. Pagaría por ver sus caras en una sóla de sus audiciones. Qué decir si aprendió de uno de los mejores.
Pacino también es conocido por su facilidad -profesional- para la improvisación en ciertos momentos de alto voltaje emocional. Además de muchos otros directores, lo afirma Sidney Lumetsobre el actor y su papel en Dog Day Afternoon.
Hace unos meses incluimos su sobrecogedor discurso como Teniente Coronel Frank Sladeen en la película «Scent of a woman»; guión de Bo Goldman. Hoy, añado algunos más para el general disfrute.
A Quentin Tarantinose le pueden reprochar muchas cosas: violencia explícita, enaltecimiento del criminal como protagonista de sus historias, uso frecuente del lenguaje soez y barriobajero, exceso de diálogo en sus películas, abuso dramático del silencio, la pausa y las conversaciones triviales en la exposición del tempo… y todas son ciertas. Mi compañero Guillermo le cita como un maestro de la técnica cinematográfica(añadiría también de la narrativa) y sitúa a la escena inicial de su última película como ejemplo de generar tensión. Sin embargo, el cinéfilo director destaca además por su excepcional mano en la creación de personajes, aspecto del guión – de las historias que nos hace llegar - al que más tiempo y esfuerzo dedica. “Mis personajes hacen la historia, tienen vida propia, evolucionan” ha dicho en más de una ocasión. Unos personajes que se expresan e interactúan y, a su vez, nos da a conocer a través de las conversaciones banales del día a día. Y se está perfeccionando.
Tanto, que su creación más completa ha logrado una de las mayores simbiosis actor-personaje que un servidor recuerde. Un antagonista que adquiere el protagonismo absoluto; un psicópata con el que el público empatiza de forma natural; un hombre malo al que le coges cariño. Algo realmente complicado, y admirable. Su nombre es Hans Landa, Standartenführer, oficial del servicio de inteligencia de las SS y el partido nazi. Veterano de la primera guerra mundial apodado “the Jew Hunter”. Un hombre de modales exquisitos, cortés y educado, de buena presencia y dotado de una gran inteligencia y una perspicacia igualmente abrumadora. Sin un atisbo de piedad, humanidad o compasión; libre de cualquier ideología o afecto, frío y calculador, meticuloso, el coronel está simplemente… loco. Un malvado genio desequilibrado que vive inmerso en un complejo de superioridad insultante. Un Christoph Waltz pletórico.
Véanle en acción en una de las escenas más tensas de la película.
A sus 27 años, y tras su paso por Harvard, asume la vicepresidencia del departamento de fusiones y adquisiciones en la firma de inversión Pierce & Pierce. Proviene de una familia de clase alta, vive en el edificio American Gardens y tiene un hermano en la Universidad en el Camden College. Novia, amigos… y un secreto inconfesable.
“Existe la idea de que un tal Patrick Bateman es una especie de abstracción. Porque yo no existo de verdad, sino sólo como ente, como algo ilusorio. Y aunque pueda ocultarte mi mirada fría, si me das la mano notarás que mi carne roza la tuya e incluso tal vez intuyas que es probable que tengamos estilos de vida parecidos, pero yo, sencillamente, no estoy.“
Recuerdo la primera vez que viAmerican Psycho (en total la he visionado en tres ocasiones) y la repulsión interior que me produjo. Admito haberme sentado delante de otras películas cuya violencia intrínseca e inexcusable era mucho mayor – incluso el sustento de la misma, como Funny Games, de la que hablarémás adelante -, pero Bateman presentaba varios aspectos en su personalidad que no terminaban de empatizar conmigo. Su patito de goma* me desagradaba. ¿Por qué asesina? Placer, aburrimiento, envidia, sensación de poder y superioridad, absoluta carencia de afecto humano, odio, animadversión social… Demasiadas, demasiado generales. Aquella primera vez incluso dudé al término de la historia: ¿Ha sido todo un sueño?¿Estaba tan sólo en su cabeza?
Tanto su aspecto de yuppie exquisito como la formalidad de sus modales y el extremo cuidado físico no son más que un disfraz, la piel de ejecutivo tras la que se esconde un animal salvaje, homicida y enfermo. La creación del controvertido Bret Easton Ellis es un verdadero psicópata. Patrick Bateman mata por aburrimiento. Y entre otras barbaridades llega incluso, al igual que Hannibal Lecter, a practicar el canibalismo. Sin embargo, la construcción del personaje interpretado por Hopkins es superior. Aún con todo, brillante interpretación de Christian Bale, que poco más tarde se reforma y convierte en superhéroe. Cosas que tiene el cine.
* Término utilizado para designar aquello que le quitaron o perdió y que le hizo convertirse en lo que el personaje es (Making movies, Sidney Lumet)
“He quedado con un amigo para comer” Hannibal Lecter
Mírenle fijamente puesto que no tienen otra opción. Su mirada hipnótica, serena y fría como la maldad misma ya ha elegido primer plato. Su nombre es Hannibal, descendiente de la alta burguesía italiana – los Sforza– mecenas de Leonardo da Vinci – y los Visconti. Ha vivido una infancia traumática iniciada tras la devastación de Lituania en la postguerra y el asesinato de toda su familia a manos de los Hiwis. Más tarde se supo que su hermana, Mischa, fue devorada por los guerrilleros debido a la escasez de alimentos y el frío invierno. Poco después, enviado a Francia por su tío, el Conde Lecter, crece bajo la tutela de Lady Murasaki. Allí comente su primer asesinato. Entre 1970 y 1975, Lecter adquiere el Título de Doctor en Psiquiatría en el estado de Maryland. Once víctimas después – sólo dos sobrevivieron – es condenado a nueve cadenas perpetuas.
Entre rejas, ayuda al FBI en la captura de dos asesinos en serie: El hada de los dientes y Buffalo Bill. Sin embargo, escapa de prisión y desaparece durante diez años en los es señalado como uno de los 10 fugitivos más buscados. Cuando su identidad es descubierta, le persiguen los agentes federales, la agente especial Starling (Julianne Moore) y el Inspector Rinaldo Pazzi (contratado por una de las víctimas del Lecter). A partir de ahí, todo es confuso. La película señala que escapa tras amputarse un brazo, mientras que el libro habla de la seducción a Clarice Starling y la fuga de ambos hacia Argentina. Lo que sí es seguro es que, a sus 77 años, nadie ha vuelto a ver al doctor Hannibal Lecter.
Este personaje sociópata, intelectual, de modales exquisitos, amante de la gastronomía y la lectura es sin duda uno de los más completos y profundos de la historia del cine. Un genio creado por el novelista Thomas Harris, y llevado al cine en varias ocasiones: The silence of the lambs(la más completa y magistral); Hannibal;Red dragon; y Hannibal rising. Anthony Hopkins – ahora ni me atrevería a pedirle un autógrafo – se llevó el Óscar por su interpretación, y repitió dos veces más. En la última película llevada a la gran pantalla, el actor francés Gaspard Ulliel fue quien se puso en la piel del joven Lecter. Hannibal es la representación del potencial creativo – y a continuación me refiero sobre todo a la primera película -, una magnífica creación protagonista de un amor imposible, en una de esas historias que hablan de todo. Y es que al contundente guión se le suma la inspiración de sus actores. The silence of the lambs es una obra maestra que seguirá siendo un referente con el pasar de los años. Y no la estropeen con un remake en 3D, por favor.
Aunque mucho se ha hablado ya de la fantástica Breakfast at Tiffany’s, no me resisto a inaugurar la serie de “Diálogos para el Recuerdo” con la conocida declaración de amor de Paul a Holly en un taxi neoyorquino. Una escena climática que no se me va de la cabeza…
Cuando la premisa de una historia es brillante, lo más importante está hecho. Es cierto que el desarrollo puede ser peor o mejor, pero por lo menos, se ha plantado una buena semilla. Pensé en esto después de ver Who framed Roger Rabbit (Robert Zemeckis, 1988). El punto de partida es Los Ángeles, California. Pero con algunas diferencias: porque hay hombres, que trabajan en Hollywood, y “dibus” -¡sí, dibujos animados!- que trabajan, claro está, en Toontown (“dibullywood”, en la traducción española).
El desarrollo posterior de la historia es discutible, aunque hay que reconocerle la virtud de saber retorcer y adaptar las convenciones propias del cine policíaco, de intriga o incluso del thriller, a un género (¿o es sólo una técnica?) hasta entonces inexistente: el mixto de animación e imagen real. Eso es obra del guionista Jeffrey Price (conocido por su colaboración en otrostítulos menos honrosos): aquí queda su tercer borrador.
Y una palabra para la técnica: es de reconocer un trabajo sensacional de animación; y más aún de interpretación. Aquí, un vídeo que lo explica de maravilla:
Si hace algunos años, en algún momento de tu guión – un punto de giro, quizá, un story beat de importancia – dispusieses de un discurso hecho para marcar un antes y un después en la historia, te hubiese recomendado la voz y presencia de Robin Williams. Al Pacino mediante.
El joven e ilusionado profesor del Club de los poetas muertos es ahora un hombre maduro, encerrado en sí mismo bajo el peso de una profunda crisis existencial. El bohemio (y sí, también altruista) profesor y psiquiatra conocerá a Will, con quien desarrolla una relación de tira y afloja dialéctico y emocional que es la verdadera riqueza de la película (los secundarios, cumplen; el final, previsible; la historia de amor, obligada y raquitica subtrama).
Quizá, lo realmente interesante aquí, es la metaevolución (no busquen la palabra, que no existe) de Williams, de aquel club de poetas pasados a mejor vida, a través del tiempo, desdoblado en dos personajes “diferentes” – que no son más que el desarrollo del mismo – en una línea cronológica natural hasta volver a guiar al más brillante de sus alumnos y, ahora sí, salvarse a sí mismo.
El Indomable Will hunting es la notable ópera prima como guionistas de Matt Damon y Ben Affleck (el último quizá debió replantearse la interpretación). Llevada a la pantalla bajo la dirección de Gus Van Sant, que pisa terreno “comercial” para repetir más adelante con un producto del mismo estilo: chico superdotado de barrio marginal y conoce a quien será su mentor-salvador (Finding Forrester, 2000).
Debajo, una de mis escenas preferidas. El brillante monólogo del profesor Williams ante un atónito Damon, cuyas palabras considero que forman (además de una verdad como una catedral) un momento memorable en la historia del cine reciente.
Siempre se dice que los pilares de la narración descansan en los personajes. Deben ser sólidos, coherentes y -sobre todo- atractivos. En esto, Scheuring tampoco falla: porque los buenos son buenísimos; y los malos… también. Además, la estrategia dramática que sigue la serie es la de los personajes complementarios. Todos se necesitan entre sí por una razón o por otra. En la línea de personajes principales, ninguno es prescindible. Los problemas de unos y otros, por separado, ponen en peligro la fuga de igual forma.
Y además, se hace un uso brillante de los secretos. Todos los presos esconden algo que les mueve a desear la fuga de forma especial. Ninguno escapa porque sí, porque mejor fuera que dentro. Hay más: el falso culpable que quiere recuperar su inocencia; el hombre que desea desesperadamente volver con su familia; el odioso criminal que espera el momento de vengarse… Y ese reparto de pasados ignotos da renovados impulsos a la tensión y al interés, cada vez que el guionista lo necesita.
Casablanca, la eterna obra maestra. La de los mitos y leyendas… ¿Qué decir que no se haya dicho ya? Que algo sea un tópico no quiere decir que sea menos cierto. Y por eso he ahuyentado mi temor a caer en los burdos lugares comunes, para dar paso a Rick:
Rick es el héroe, porque lo ha sacrificado todo. No “por amor” (eso lo hace cualquier héroe), sino que ha sacrificado su amor: ¿hay algo más grande? Paradójicamente: ¿hay una mayor prueba de amor?
This is the beginning of a beautiful firendship… El final por el principio: la película termina -el ‘the end’ es inminente-, la amistad comienza. Una nueva historia nace en el momento de abandonar la sala. Es un final mágico. Tan mágico como la frase -sugerente, evocadora- que pone punto final al guión: the two walk off together into the night.
Cuando los dramaturgos Ben Hecht y Charles MacArthur escribieron su obra de teatro titulada “The Front Page“, seguro que ni sospechaban lo que le llegaría a suceder con el tiempo. El omni-polivalente Howard Hawks desarrolla en esta película un estilo narrativo ideal para la comedia: el diálogo incesante. E incluso, con frecuencia solapado, superpuesto. “Luna Nueva” -gracias, una vez más, a los sensacionales traductores hispanos- es un torbellino de frases ingeniosas y punzantes. No cabe duda de que en nuestros días ese es ya un recurso manido, pero no deja de ser un interesante artificio para el guionista que persigue el ritmo y la hilaridad en la ardua tarea de escribir una buena comedia.
Tampoco es fácil de olvidar la crítica -¿o no tanto?- que la película hace del periodismo… “They’re not human! – They’re newspaper men”. Con esta frase se puede concluir el vaivén de la cuestión periodística. Un tema con el sabor añejo de la eterna diatriba sobre el oficio de la información que, dicho sea de paso, no sale muy bien parado al cabo de 92 minutos de crueldad, caos y puñaladas traperas. Aunque la duda es: ¿no resulta simpático ese perfil del reportero mercenario?
Visto lo visto, puedo asegurar que leer el guión es casi tan hilarante como ver la película (o más); sólo se pierden las interpretaciones…
Otra adaptación de la obra de teatro original es “The Front Page“, de Billy Wilder, con los inolvidables Jack Lemmon y Walter Mathau: aunque se trata de una obra más corrosiva, tampoco tiene desperdicio.
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Aquí encontrarán cuestiones variadas acerca del guión cinematográfico; crítica de cine; escenas míticas, y otras reflexiones. Quizás, también, algo de literatura y artes visuales... que lo disfruten.
"Una película tiene tres elementos fundamentales: el guión, el guión y el guión".
Sir Alfred Hitchcock
"Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspense".
Sir Alfred Hitchcock
"¿Quién necesita a un guionista? Dadme un director competente y un par de actores inteligentes y en ocho semanas os mostraré a los tres tipos más nerviosos que hayáis visto".
Groucho Marx
"Escribir un guión no es esperar a que llegue la musa y te bese en la frente; es un trabajo muy duro. He hecho ambos trabajos, y sé que dirigir es un placer y escribir un guión es un rollo".
Billy Wilder
"Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate".
Billy Wilder