No pienso destripar el guión de esta perla cinematográfica. Ni siquiera me atreveré a enunciar una breve sinopsis, porque, si a toda película habría que concederle -por sí misma- el beneficio de la duda antes de verla, ésta lo merece con más razón todavía. Nada mejor que la sorpresa para deleitarse con ella.
Diré, eso sí, que se trata de una película excelente. En todos los sentidos: por la dirección cuidadísima de Winding Renf, por la música envolvente de Cliff Martinez y otros cuantos, por una fotografía excepcional que nos descubre un Los Angeles nuevo -y con una atmósfera tan cautivadora como la de Collateral-, por el montaje frío y sereno, por el guión sobrio (aquí, entero), por la acción comedida y sabiamente distribuida en la trama… y por las interpretaciones, claro. Señores, Ryan Gosling y Carey Mulligan están bri-llan-tes. Qué capacidad para conmover al espectador con unos silencios, unos gestos y unas miradas que lo dicen todo.
Sigo sin entender que esta obra maestra tan poderosa e intensa no se llevara ningún Oscar hace unas semanas, porque a los amantes del cine nos regaló una reflexión sensacional sobre el amor y la soledad. El auténtico amor y la verdadera soledad, quiero decir. Bravo.
Qué decir, la verdad, porque cualquier adjetivo se queda corto y cualquier crítica pecará, sin duda, de temeraria. Pero no está de más recordar a nuestros lectores la conveniencia de volver una y otra vez sobre la filmografía de Audrey Hepburn. La incomparable Audrey. La hechicera de las hechiceras.
¿Por qué este filme conserva su calidad y su encanto pese al paso de los años? Desde luego, las causas son numerosas y no resulta fácil conocerlas ni recogerlas todas. Aunque se entreven varias. Por ellos dos, por supuesto: Audrey y Gregory Peck, tan caballero, apuesto y cercano. Y por el lugar: Roma, tan embriagadora. Y por la destreza del director: Wyler, tan magistral como siempre. Y por el guión (en inglés): el resultado de tres mentes prodigiosas, Ian McLellan Hunter, John Dighton y Dalton Trumbo. Y por el vestuario de Audrey: obra del diseñador Givenchy.
Fue la primera película verdaderamente memorable de Audrey -le valió el Oscar aquel año, quitándoselo de las manos (así, sin más) a Ava Gardner y Deborah Kerr-, y consolidó a Wyler en el género de la comedia, algo que muchos hasta entonces seguían poniendo en duda.
Doy por supuesto que nuestros lectores ya la han visto, así que, por favor, vuelvan a hacerlo cuando buenamente puedan para deleitarse con un cine eterno. Debajo incluyo una escena simpática y espontánea, que refleja el susto real que se llevó Audrey con la broma de Peck:
No sé si es casualidad, porque hace unas pocas semanas también me referí a otra película sobre venganza. El caso es que hoy quiero sugerir un largometraje de temática muy parecida: The Brave One (en español, La extraña que hay en ti). Es posible, e incluso probable, que esta coincidencia tenga una razón de ser: la violencia, y más concretamente la venganza como telón de fondo, está empezando a predominar en los guiones actuales.
Aquí, la convincente Jodie Foster se convierte, en menos que canta un gallo, en una temible y fría justiciera. Al principio no por decisión propia, porque ella sólo intenta defenderse como buenamente puede, pero terminará encontrándole gustillo al tema del revólver. No quiero dar más pistas a quien no haya visto el filme.
Creo que en esta ocasión el valor de la película recae en dos elementos: las interpretaciones de los dos protagonistas (Terrence Howard también logra una actuación muy eficaz, en mi opinión) y el guión, más trabajado que de costumbre y al que Neil Jordan saca todo el brillo que puede, sobre todo gracias a los monólogos de Foster ante el micrófono. Da que pensar, desde luego.
Dejo un vídeo que recoge grandes fotogramas y la mejor canción.
Dos actores, Michelle Pfeiffer y Sean Connery, y una historia. Punto. La casa Rusia (1990) perdura en el tiempo por eso: porque funciona. Porque representa el cine inteligente y atractivo que cualquier persona puede admirar y saborear con deleite. Y al igual que muchos otros cortos y películas de los que hablamos aquí, las palabras no bastan para valorar una obra de arte cinematográfica como la copa de un pino.
Partamos de la base de quién escribe el guión: Tom Stoppard (sí, el de El imperio del sol) y John le Carré (sí, el de El jardinero fiel) . Y luego recordemos cuándo y dónde se filmó este largometraje: en Moscú y San Petersburgo, muy pocos meses después de la caída del Muro. Hay también suspense, actuaciones sabiamente comedidas, secundarios incluidos, y amor. Qué más se puede pedir.
Como bien ha comentado Chema recientemente, en realidad no nos hemos ido. De ahí que no esté de más volver sobre un filme reciente, de esos que no suelen dejar indiferente, que agrada a la mayoría del público y que, sin embargo, es causa de críticas muy dispares entre los especialistas. Hablo de En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008).
Avanzo mi opinión desde el principio, para que conste: fue una producción sobrevalorada y que no se merecía 6 oscars de la Academia. O sea, claro que aborda el tema de la manida guerra de Irak desde una perspectiva curiosa, planteando una faceta bélica original y bastante desconocida para muchos de nosotros, los civiles, a saber, la de la desactivación de explosivos. El espectador se enfrenta a los consabidos conflictos de guerra y soldados, sí, aunque esta vez lo hace atendiendo a los riesgos que asume una brigada artificiera. Pero el guión, a la postre, se limita a exponer una serie de intervenciones por parte del comando protagonista: intervenciones inconexas entre sí, separadas por el tiempo sin orden ni concierto y cuyo mensaje final resulta injustificadamente lúgubre. Por no decir nihilista.
Un punto muy a favor del guión, creo, es la acertada carga psicológica del protagonista (brillante Jeremy Renner), porque describe con claridad y acierto la adicción que una guerra puede producir en los soldados. Hay buen suspense. Aunque, la verdad sea dicha, los comportamientos de tal personaje resultan exageradamente temerarios.
La otra nota sobresaliente, los paisajes jordanos.
… pero se escribe diferente”. ¿Quién no recuerda esa simple frase en boca del grandullón Michael Clarke Duncan? La milla verde (Frank Darabont, 1999) es de esas extrañas producciones ante las que uno se emociona mucho, pero en cuanto pasan los días la distancia juega una mala pasada y tendemos a olvidarla. Aunque basta volver sobre unos pocos fotogramas para repetir esa vivencia de espectáculo cinematográfico auténtico.
La historia, aparentemente pausada, larga y ordenada, está llena de una enorme fuerza visual. A mí, al menos, me sobrecogen las interpretaciones de Hanks, Morse y el grandullón Duncan. Bueno, y las del insoportable Percy y el arrepentido Delacroix -con su memorable ratita-.
A partir de un momento fácilmente identificable en el guión, surge la magia. No olvidemos que detrás está la firma de Stephen King. Pero, como dijeron en su día en la revista Rolling Stones, aquí incluso lo disparatado se convierte en algo dulcemente lógico. Por otro lado, la crítica a la pena de muerte, y a la silla eléctrica en particular, resulta demoledora.
Película para momentos de paz, para saborear y conmoverse, para recordar la dimensión espiritual del ser humano.
La música, la buena música, jamás defrauda. Y más aún si la incluimos en el cine. Algo así debió de pensar Radu Mihaileanu cuando acometió la tarea de dirigir Le concert, una película cuyo eje central gira en torno a la música, pero que no abandona del todo la comedia ni el drama.
El resultado es un filme europeo sencillamente memorable. Dos premios César y otras dos nominaciones lo avalan. Las interpretaciones, discretas y sin embargo sorprendentes, progresan conforme avanza la película, como si las escenas se hubieran rodado según el orden cronológico de los hechos. La historia, que cuenta los esfuerzos de unos antiguos músicos rusos que ofrecerán un concierto en París, está llena de sencillez y encanto. Lo curioso es que, aunque los protagonistas supuestamente son soviéticos y el mencionado concierto pertenece a la obra de Tchaikovsky, casi nada de lo relacionado con los actores, la producción o la dirección proviene de Rusia. De hecho intervinieron países tan heterogéneos como Francia, Rumanía, Italia y Bélgica.
Música dulce, pues, para los oídos, historia jugosa para las inteligencias y buen cine para los enamorados.
Qué difícil es entender a Kevin Costner, el hombre capaz de lo mejor (Los Intocables) y de lo peor (¿pongo ejemplos?) Y qué difícil es entender al público, porque había escuchado toda clase de críticas deshinibidas contra Open Range. Prácticamente, insultos: aburrida, soporífera, sin sentido, decían. Claro, cuando la vi me indigné. ¡Esa película no se puede hacer mejor! Es una constante lección de dominio del lenguaje cinematográfico, de sentido estético y, al final -que es lo importante- de arte dramático. No cabe duda de que se trata de un guión sencillo (que no es lo mismo que plano) pero, ¡qué interpretaciones -Costner, Duvall, Benning-, qué cariño en cada secuencia, en cada plano, qué arte en la luz, qué música! No se la pierdan, por favor, cierren los ojos y escuchen:
No sé, a veces pienso que soy un inútil para la crítica cinematográfica, pero me parece que Open Range es de lo mejor que he visto en los últimos años, al igual que me pasa con otros ejemplos de retorno al género clásico, como fue la maravillosa Master & Commander, o tantas otras. Si se fían de mí, vean Open Range.
“Lo que necesitáis no es un rey… sino una madre”. Es lo que Max opina de los monstruos, no sin razón. Más allá de la discusión -ya liquidada- de si ‘Where the Wild Things Are‘ es para niños o para adultos, está claro que no es para todos los públicos: a muchos les aburrirá tremendamente, y otros saldrán espantados del surrealismo que impregna muchas escenas. Y pocos, unos pocos, llegarán al the end maravillados por lo que se puede hacer en una película a base de contrastes de recursos retóricos, de música y emociones. A este propósito, me parece muy acertado lo que dice Nacho Vigalondo en su Diario Cinematográfico:
Donde viven los monstruos es una película capaz de generar un sentimiento por el que el cinéfilo medio debería tener más cariño: el desconcierto.
El país de los monstruos -el lugar al que viaja un iracundo Max enfadado con su madre- es el lugar de los defectos y vicios del ser humano: la ira, la envidia, la soledad, el pesimismo, la susceptibilidad… en fin, la tristeza. Y aún así es fácil descubrir que las personas no son sus defectos (los tienen, pero no los son).
La película es, además, un maravilloso canto a la maternidad “a pesar de los pesares”. Dice KW, poco antes del final, y no sin ironía después de todo lo visto y oído: “Te quiero tanto… que te comería”.
Toca hablar de un curioso filme estrenado hace apenas unos meses: Damned United (2009). Producción eminentemente británica, la trama gira en torno a las dotes de un entrenador, su ayudante y el rival de éstos para catapultar a sus respectivos equipos hasta lo más alto. La historia está basada en hechos reales.
Aparte de que el fútbol nunca ha sido un tema muy manido en el cine comercial, sobre todo porque las grandes productoras suelen estar al otro lado del Atlántico, y ellas se preocupan más de los deportes nacionales, lo interesante de esta película es su tono. Es ligero, sencillo, dinámico, y eso facilita mucho la labor de un montaje, a su vez, curioso: continuamente se retrocede y se avanza en el tiempo.
No quiero desvelar el final, pero sí apuntaré que incluso con esa aparente desventaja -la de que el espectador sepa, o crea saber, cómo será el futuro-, el público llegará a los créditos sonriente, sorprendido, cautivado. Y es justo atribuir tal proeza a las interpretaciones (brillante Michael Sheen, que a muchos emocionó interpretando a Tony Blair en The Queen), a las labores de edición y a un guión que saca brillo incluso de lo más pequeño e ignora olímpicamente lo trivial o innecesario.
L.A. Confidential podría encasillarse, si esto fuera del todo posible, entre el whodunit y el relato clásico de intriga en el que “el asesino es el mayordomo”, con un toque de film noir (que en algún momento abunda excesivamente, en mi opinión, en lo sórdido y escabroso). Pero, en conjunto, es de lo más parecido que he visto a una película perfecta. No es revolucionaria ni demasiado novedosa, pero sí paradigmática dentro de su género.
La historia está armada de principio a fin sin fisuras: todo lo que se abre se cierra, todo lo que sube baja. No sobra ni un sólo fotograma, ni tampoco falta ninguno. Y es bien sabido lo difícil que resulta narrar -con la adecuada dosificación de suspense e interés- este tipo de argumentos retorcidos y engañosos. Es el arte de escribir desde el final: el guionista diseña una trama empezando por su resolución. Después, la conspiración con todas sus facetas y ramificaciones. Y entonces va fabricando pequeñas “píldoras informativas” que van dejando como un reguero de pistas para el espectador, desde el “the end” hasta el “20th Century Fox”. Esas “píldoras”, además, deben ir dotadas de un volumen, de matices, con datos relativos a los personajes, el contexto, etc. Y visto de esta manera, es como uno se da cuenta de lo peliagudo que resulta escribir semejante guión.
Seguro que a todos llamó la atención la coincidencia -en el tiempo, en el argumento- de dos películas del año 2006, que danzaban entre prestidigitadores y bambalinas de teatro: “The Illusionist” y “The Prestige“.
Dos historias que comparten un mismo carácter rocambolesco (término que se refiere a “lo fantástico, complicado y lleno de peripecias”). Y, al mismo tiempo, comparten también un cierto tono de carambola: porque en los dos casos se narran acontecimientos que, combinados entre sí de un modo complejo e intrincado, acaban resultando en un final sorprendente y revelador (ver anagnórisis) no exento de cierta casualidad y coincidencia azarosa.
Sin embargo, a mi modo de ver, estos finales se exceden en su afán de complicación, obligando al espectador a hacer todo un esfuerzo mental de conexión de datos y detalles, para acabar en esa placentera sensación del “ahora lo entiendo todo”. De hecho, ambas películas dedican sus minutos finales a recordar al público -de forma necesariamente explícita- cuáles han sido los momentos clave del metraje para poder comprender el desenlace. Es una puesta en práctica muy elaborada (se da con mucha mayor maestría, por ejemplo, en la increíble “Sospechosos Habituales“) de la clásica herramienta dramática del “sembrar y recoger”: dar pistas con cuentagotas para que al final el público pueda atar los cabos. Esto resulta eficaz, en parte. Porque al final, el grado de complicación -rocambole, carambola- es tal, que acaba necesitando de una revelación explícita en exceso, ajena a toda forma de sutilidad, y sin esa fuerza provocadora que tabaja sobre la intuición del espectador. Tanto nadar, para morir en la orilla.
El cine es un arte maravilloso y cautivador. También lo es la literatura. 'Scenas de Guión' es para disfrutar con las artes narrativas, en general. Porque pueden enseñarnos mucho acerca de la vida. Y porque, practicándolas, también podemos enseñar mucho a los demás.
Aquí encontrarán cuestiones variadas acerca del guión cinematográfico; crítica de cine; escenas míticas, y otras reflexiones. Quizás, también, algo de literatura y artes visuales... que lo disfruten.
"Una película tiene tres elementos fundamentales: el guión, el guión y el guión".
Sir Alfred Hitchcock
"Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspense".
Sir Alfred Hitchcock
"¿Quién necesita a un guionista? Dadme un director competente y un par de actores inteligentes y en ocho semanas os mostraré a los tres tipos más nerviosos que hayáis visto".
Groucho Marx
"Escribir un guión no es esperar a que llegue la musa y te bese en la frente; es un trabajo muy duro. He hecho ambos trabajos, y sé que dirigir es un placer y escribir un guión es un rollo".
Billy Wilder
"Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate".
Billy Wilder