Bob: It gets a whole lot more complicated when you have kids. Charlotte: It’s scary. Bob: The most terrifying day of your life is the day the first one is born. Charlotte: Nobody ever tells you that. Bob: Your life, as you know it… is gone. Never to return. But they learn how to walk, and they learn how to talk… and you want to be with them. And they turn out to be the most delightful people you will ever meet in your life. Charlotte: That’s nice.
Volvemos a las andadas, señores. Aunque nunca llegamos a marcharnos, pero bueno. Y seguro que, entre tanto, han visto mucho y buen cine.
En uno de nuestros últimos posts hablamos de cómo, gracias a su talento, algunos actores han logrado salvar películas con un guión normalito. Pues bien, hoy pondré nuevos ejemplos para ilustrar hasta qué punto un actor puede convertir una escena aparentemente poco original, casi anodina, en algo memorable. Le bastan sus gestos, sus miradas, su coherencia y su verosimilitud para transmitir lo que va más allá de las simples palabras.
No son películas que merezcan el calificativo de obra maestra, y, sin embargo, el espectador se siente fascinado -incluso conmovido- por unos instantes. Qué dificil es lograr que un buen actor dé con un buen guión. Y viceversa, claro.
Todos tenemos un puñado de actores y actrices que nos fascinan. Pues bien, en el caso que aquí nos ocupa, el de La lista de Schindler, reconozco que me hallo en un brete desesperante. No sé con cuál de los ellos quedarme, si con el reflexivo y hábil Schindler (unLiam Neeson francamente insuperable), con el repulsivo oficial Amon Goeth (Ralph Fiennes interpreta al nazi más memorable que he visto hasta la fecha) o con el buenazo de Itzhac Stern (menudo actorazo que está hecho Ben Kingsley).
¿Quién supera a quién? Maldición, aunque es difícil decantarse, lo haré. Me quedo con Ralph: con sus miradas insondables y paranoicas, con sus crueldades repentinas, con su pulcritud empalagosa, con su maldad abominable, con su acento british, tan elegante, transformado en un alemán intachable.
Si a estas interpretaciones les sumamos la fotografía antológica de Janusz Kaminski, el guión exquisito de Steven Zaillian (aquí, entero y en inglés), la música más perfecta jamás creada por John Williams y una historia francamente soberbia, que logra mantener vivo en nosotros, por mucho tiempo, el horror del Holocausto nazi, el resultado es excepcional. En mi opinión, la mejor obra de Spielberg.
Hoy en día creemos que viajamos, aunque por lo general no tenemos ni idea de qué es viajar en realidad. Que se lo digan, si no, a Witold Glinski, un prisionero polaco que logró escapar de un gulag ruso en 1941 y anduvo la friolera de 6.500 kilómetros -6 meses a un ritmo de 20 horas diarias- hasta llegar un país libre, la India. Antes tuvo que atravesar Rusia, el desierto del Gobi y Mongolia.
En su odisea se inspira la historia de los protagonistas de este filme, interpretados, entre otros, por tres grandes: Ed Harris, Colin Farrell y Dragus Bucur.
En The Way Back no abundan los diálogos propiamente dichos. De hecho, los personajes no quedan dibujados con suficientes detalles y falta un nudo propiamente dicho, como no sea el hilo conductor de la lucha por la supervivencia. Pero se trata de fallos pequeños si los comparamos con una epopeya narrada al más puro estilo homérico. Cautivan el poder de las imágenes, las reflexiones inaudibles sobre el hombre y la naturaleza y las secuencias dramáticas y tranquilas, casi inermes, con las que se van exponiendo unas aventuras legendarias.
Esta película constituye un canto a la fortaleza y al tesón y un ejemplo elocuente de la manida máxima nietzscheana: Quien tiene un porqué, puede soportar cualquier cómo.
Dejo aquí una buena entrevista al director, Peter Weir, que tan buen cine nos ha brindado:
La vida se encarga de darnos algunos varapalos, claro está. Y también algunas grandes alegrías. Podemos afrontar tales situaciones llenos de confusión y desasosiego, porque nos incomoda ignorar cuánto tiempo permaneceremos sufriendo o gozando. En esos momentos, ejercitar la paciencia es algo prioritario: sosiega nuestro ánimo y nos permite juzgar las cosas con ecuanimidad.
Creo que Zhang Yimou, uno de los directores chinos más sobresalientes de la historia, consigue eso con su cine: que aprendamos a valorar las cosas importantes de la vida, que descubramos cómo la mayoría de nuestras preocupaciones se refieren a cuestiones triviales, que nos convenzamos de que el amor mueve el mundo y las relaciones personales. Ni uno menos, una de las 20 escasas películas de Yimou, presenta una bellísima y sencillísima historia de superación, escrita originariamente por un pastor chino que sufrió la revolución en carne propia, que absorbe al espectador y lo lleva al terreno de la auténtica contemplación.
Entrañable, poética y poderosa como pocas he visto nunca. Aquí pongo el tributo que un fan rinde a este director sublime:
Me gusta comprobar que los de Blogdecine, filmaffinity y FilaSiete, entre otros, coinciden conmigo. Prefiero no mencionar los premios que se llevó, aunque no fueron suficientes.
Las virtudes de este drama (o dramón) romántico se cuentan por docenas. Y los defectos… bueno, ni siquiera los encuentro. Es un remake, de acuerdo, y hay algún que otro pequeño desajuste histórico. Pero poco más.
En El velo pintado prevalecen, ante todo, la historia y, una vez más, las interpretaciones, en este caso las de Edward Norton -formidable: su camaleónica capacidad para encarnar cualquier papel lo convierten en un verdadero portento de la actuación- y Naomi Watts -cautivadora y, como siempre, única para transmitir sentimientos-. El filme gira en torno a ellos, un matrimonio olvidado en la China exótica de principios del siglo XX. Salen a la palestra, con una expresividad que conmueve e interpela al espectador, temas tan intrincados como el adulterio, el perdón y la muerte. Si existe una conclusión final, es que todos nos equivocamos, todos escondemos debilidades y arrogancias, si bien eso no tiene la última palabra. La tiene el amor.
No cuesta adivinar que la producción carecía de mucho presupuesto. Lo cual demuestra que si detrás de la película hay un buen guión (no olvidemos que la obra originaria fue escrita por el célebre Sommerset Maugham), lo demás no importa tanto. Cuando quiere, Hollywood sabe hacer un cine sabroso, intenso, lleno de pasión y vitalidad, donde no siempre hacen falta las palabras e intervienen, en cambio, las miradas, los gestos, la fotografía y la banda sonora.
Dejo paso a una escena memorable, dura y contundente como pocas. En esto consiste el séptimo arte, señores:
Pequeña Miss Sunshine es de esas películas que te reconcilian con Hollywood, con las historias sencillas, con los guionistas audaces.
La he visto cuatro veces y creo que, aun gozando de un reparto excelente, en último término sobresalen dos intérpretes. La primera, Abigail Breslin, una desconocida niña que, aunque se las da de gordita, fea y repelente, al final logra encandilar a la mitad de audiencia. El otro es Steve Carell, que ya despuntó en Melinda y Melinda, de Woody Allen, y que aquí borda el rol del hermano homosexual obsesionado con Proust.
La película se estrenó en el Festival de Cine de Sundance en 2006. Se trataba de una nueva road movie, algo que por entonces parecía destinado al fracaso o al sopor. Sin embargo, eltono cómico de la historia, los diálogos inteligentes, el mensaje final y la crítica lúcida a los estándares actuales de belleza eran elementos más que suficientes para ganarse al público y a la crítica. Con razón.
Gran parte del mérito del largometraje corresponde al guión (aquí en .pdf) de Michael Arndt, que combina con acierto la tragedia y la comedia sin que decaiga, jamás, el ritmo vitalista y desenfadado. Brillante.
Dejo el trailer. Y, por favor, si pueden, véanla en V.O.
No sé si es casualidad, porque hace unas pocas semanas también me referí a otra película sobre venganza. El caso es que hoy quiero sugerir un largometraje de temática muy parecida: The Brave One (en español, La extraña que hay en ti). Es posible, e incluso probable, que esta coincidencia tenga una razón de ser: la violencia, y más concretamente la venganza como telón de fondo, está empezando a predominar en los guiones actuales.
Aquí, la convincente Jodie Foster se convierte, en menos que canta un gallo, en una temible y fría justiciera. Al principio no por decisión propia, porque ella sólo intenta defenderse como buenamente puede, pero terminará encontrándole gustillo al tema del revólver. No quiero dar más pistas a quien no haya visto el filme.
Creo que en esta ocasión el valor de la película recae en dos elementos: las interpretaciones de los dos protagonistas (Terrence Howard también logra una actuación muy eficaz, en mi opinión) y el guión, más trabajado que de costumbre y al que Neil Jordan saca todo el brillo que puede, sobre todo gracias a los monólogos de Foster ante el micrófono. Da que pensar, desde luego.
Dejo un vídeo que recoge grandes fotogramas y la mejor canción.
Dos actores, Michelle Pfeiffer y Sean Connery, y una historia. Punto. La casa Rusia (1990) perdura en el tiempo por eso: porque funciona. Porque representa el cine inteligente y atractivo que cualquier persona puede admirar y saborear con deleite. Y al igual que muchos otros cortos y películas de los que hablamos aquí, las palabras no bastan para valorar una obra de arte cinematográfica como la copa de un pino.
Partamos de la base de quién escribe el guión: Tom Stoppard (sí, el de El imperio del sol) y John le Carré (sí, el de El jardinero fiel) . Y luego recordemos cuándo y dónde se filmó este largometraje: en Moscú y San Petersburgo, muy pocos meses después de la caída del Muro. Hay también suspense, actuaciones sabiamente comedidas, secundarios incluidos, y amor. Qué más se puede pedir.
Cinco minutos de gloria, Oliver Hirschbiegel (2009)
Espero poder suplir mi falta de entradas con la recomendación de un filme verdaderamente valioso. De esos que conmueven. Hablo de Cinco minutos de gloria (2009).
Pero, por supuesto, en lugar de avanzar el guión y destrozar la historia, prefiero ofrecer unos pocos elementos que convenzan al lector de que debe ver la película en cuanto disponga de 85 minutos escasos. La dirige Oliver Hirschbiegel, sí, el mismo que nos regaló El hundimiento en 2004 y nos horrorizó poco después con la fallida Invasión. La protagonizan Liam Neeson -un actor como la copa de un pino, más aún tras su trabajo en este filme- y James Nesbitt -por desgracia, algo desconocido para muchos, pero genial en varios de sus papeles… y no digamos en el que aquí nos ocupa-.
En la historia hay IRA y hay venganza. ¿Temas manidos? Quizá, aunque desde luego no el modo en el que los aborda el guión. Un guiónpausado, sabiamente comedido y que invita a una reflexión pertinaz y profunda sobre el perdón. Ahora dejo tan sólo una escena-monólogo magistral, tan sabrosa, pulcra y cercana que parece teatro:
Como bien ha comentado Chema recientemente, en realidad no nos hemos ido. De ahí que no esté de más volver sobre un filme reciente, de esos que no suelen dejar indiferente, que agrada a la mayoría del público y que, sin embargo, es causa de críticas muy dispares entre los especialistas. Hablo de En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008).
Avanzo mi opinión desde el principio, para que conste: fue una producción sobrevalorada y que no se merecía 6 oscars de la Academia. O sea, claro que aborda el tema de la manida guerra de Irak desde una perspectiva curiosa, planteando una faceta bélica original y bastante desconocida para muchos de nosotros, los civiles, a saber, la de la desactivación de explosivos. El espectador se enfrenta a los consabidos conflictos de guerra y soldados, sí, aunque esta vez lo hace atendiendo a los riesgos que asume una brigada artificiera. Pero el guión, a la postre, se limita a exponer una serie de intervenciones por parte del comando protagonista: intervenciones inconexas entre sí, separadas por el tiempo sin orden ni concierto y cuyo mensaje final resulta injustificadamente lúgubre. Por no decir nihilista.
Un punto muy a favor del guión, creo, es la acertada carga psicológica del protagonista (brillante Jeremy Renner), porque describe con claridad y acierto la adicción que una guerra puede producir en los soldados. Hay buen suspense. Aunque, la verdad sea dicha, los comportamientos de tal personaje resultan exageradamente temerarios.
La otra nota sobresaliente, los paisajes jordanos.
… pero se escribe diferente”. ¿Quién no recuerda esa simple frase en boca del grandullón Michael Clarke Duncan? La milla verde (Frank Darabont, 1999) es de esas extrañas producciones ante las que uno se emociona mucho, pero en cuanto pasan los días la distancia juega una mala pasada y tendemos a olvidarla. Aunque basta volver sobre unos pocos fotogramas para repetir esa vivencia de espectáculo cinematográfico auténtico.
La historia, aparentemente pausada, larga y ordenada, está llena de una enorme fuerza visual. A mí, al menos, me sobrecogen las interpretaciones de Hanks, Morse y el grandullón Duncan. Bueno, y las del insoportable Percy y el arrepentido Delacroix -con su memorable ratita-.
A partir de un momento fácilmente identificable en el guión, surge la magia. No olvidemos que detrás está la firma de Stephen King. Pero, como dijeron en su día en la revista Rolling Stones, aquí incluso lo disparatado se convierte en algo dulcemente lógico. Por otro lado, la crítica a la pena de muerte, y a la silla eléctrica en particular, resulta demoledora.
Película para momentos de paz, para saborear y conmoverse, para recordar la dimensión espiritual del ser humano.
El cine es un arte maravilloso y cautivador. También lo es la literatura. 'Scenas de Guión' es para disfrutar con las artes narrativas, en general. Porque pueden enseñarnos mucho acerca de la vida. Y porque, practicándolas, también podemos enseñar mucho a los demás.
Aquí encontrarán cuestiones variadas acerca del guión cinematográfico; crítica de cine; escenas míticas, y otras reflexiones. Quizás, también, algo de literatura y artes visuales... que lo disfruten.
"Una película tiene tres elementos fundamentales: el guión, el guión y el guión".
Sir Alfred Hitchcock
"Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspense".
Sir Alfred Hitchcock
"¿Quién necesita a un guionista? Dadme un director competente y un par de actores inteligentes y en ocho semanas os mostraré a los tres tipos más nerviosos que hayáis visto".
Groucho Marx
"Escribir un guión no es esperar a que llegue la musa y te bese en la frente; es un trabajo muy duro. He hecho ambos trabajos, y sé que dirigir es un placer y escribir un guión es un rollo".
Billy Wilder
"Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate".
Billy Wilder