posted by: José Manuel López

Existen siete versiones, multitud de libros e infinidad de referencias de una de las mejores y más completas películas que he visto en mi vida. Aunque no he podido leer el libro de Philip K. Dick sobre el que se basa el guión de Hampton Fancher, no he leído una sola crítica que no sea positiva. Al fin y al cabo, es la fuente de la que se nutren una gran cantidad de películas del género.
Hace casi un año escribí El avance inexorable de la (no) ficción científica para Cinemanet, artículo en el que explicaba una de las (mil) razones por las que la obra de Ridley Scott era una de las películas de ciencia ficción más influyentes -al menos para mí- junto a la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley.
Con todo, Blade Runner culmina con uno de los monólogos más brillantes y populares del séptimo arte. Un discurso inolvidable que, según Wikipedia, guarda cierta similitud con el poema ‘El barco ebrio‘ de Arthur Rimbaud:
Y he visto alguna vez, ¡eso que el hombre ha creído ver! He visto cosas que vosotros no creeríais.
¡Yo he visto los archipiélagos siderales! Y las islas donde los cielos delirantes están abiertos al viajero. Atacar naves en llamas más allá de Orión.
Yo sé de los cielos que estallan en rayos, y de las trombas. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser.
¡Pero, de verdad, yo lloré demasiado! Las Albas son desoladoras. Toda luna es atroz y todo solo amargo: El acre amor me ha hinchado de torpezas embriagadoras. Todos esos momentos, se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.
¡Oh que mi quilla estalle! ¡Oh que yo me hunda en la mar! Es hora de morir.



