Bob: It gets a whole lot more complicated when you have kids. Charlotte: It’s scary. Bob: The most terrifying day of your life is the day the first one is born. Charlotte: Nobody ever tells you that. Bob: Your life, as you know it… is gone. Never to return. But they learn how to walk, and they learn how to talk… and you want to be with them. And they turn out to be the most delightful people you will ever meet in your life. Charlotte: That’s nice.
No pienso destripar el guión de esta perla cinematográfica. Ni siquiera me atreveré a enunciar una breve sinopsis, porque, si a toda película habría que concederle -por sí misma- el beneficio de la duda antes de verla, ésta lo merece con más razón todavía. Nada mejor que la sorpresa para deleitarse con ella.
Diré, eso sí, que se trata de una película excelente. En todos los sentidos: por la dirección cuidadísima de Winding Renf, por la música envolvente de Cliff Martinez y otros cuantos, por una fotografía excepcional que nos descubre un Los Angeles nuevo -y con una atmósfera tan cautivadora como la de Collateral-, por el montaje frío y sereno, por el guión sobrio (aquí, entero), por la acción comedida y sabiamente distribuida en la trama… y por las interpretaciones, claro. Señores, Ryan Gosling y Carey Mulligan están bri-llan-tes. Qué capacidad para conmover al espectador con unos silencios, unos gestos y unas miradas que lo dicen todo.
Sigo sin entender que esta obra maestra tan poderosa e intensa no se llevara ningún Oscar hace unas semanas, porque a los amantes del cine nos regaló una reflexión sensacional sobre el amor y la soledad. El auténtico amor y la verdadera soledad, quiero decir. Bravo.
Volvemos a las andadas, señores. Aunque nunca llegamos a marcharnos, pero bueno. Y seguro que, entre tanto, han visto mucho y buen cine.
En uno de nuestros últimos posts hablamos de cómo, gracias a su talento, algunos actores han logrado salvar películas con un guión normalito. Pues bien, hoy pondré nuevos ejemplos para ilustrar hasta qué punto un actor puede convertir una escena aparentemente poco original, casi anodina, en algo memorable. Le bastan sus gestos, sus miradas, su coherencia y su verosimilitud para transmitir lo que va más allá de las simples palabras.
No son películas que merezcan el calificativo de obra maestra, y, sin embargo, el espectador se siente fascinado -incluso conmovido- por unos instantes. Qué dificil es lograr que un buen actor dé con un buen guión. Y viceversa, claro.
Porque el cine también está para eso: para no dejar de soltar carcajadas durante dos horas. La lista de actores que han logrado este efecto en el espectador, gracias a guiones inteligentes e interpretaciones maravillosas, es gigantesca y varía según los diversos gustos de la audiencia. Aunque algunos nombres sobresalen más que otros y pasarán indiscutiblemente a la historia del séptimo arte, como los de Charlie Chaplin, los hermanos Marx, Buster Keaton, Jerry Lewis, Jack Lemmon, Louis de Funes, Eddie Murphy o Jim Carrey.
Hoy quiero quedarme con el desternillante, polifacético, único y extraordinario Bill Murray de Cazafantasmas II:
Todos tenemos un puñado de actores y actrices que nos fascinan. Pues bien, en el caso que aquí nos ocupa, el de La lista de Schindler, reconozco que me hallo en un brete desesperante. No sé con cuál de los ellos quedarme, si con el reflexivo y hábil Schindler (unLiam Neeson francamente insuperable), con el repulsivo oficial Amon Goeth (Ralph Fiennes interpreta al nazi más memorable que he visto hasta la fecha) o con el buenazo de Itzhac Stern (menudo actorazo que está hecho Ben Kingsley).
¿Quién supera a quién? Maldición, aunque es difícil decantarse, lo haré. Me quedo con Ralph: con sus miradas insondables y paranoicas, con sus crueldades repentinas, con su pulcritud empalagosa, con su maldad abominable, con su acento british, tan elegante, transformado en un alemán intachable.
Si a estas interpretaciones les sumamos la fotografía antológica de Janusz Kaminski, el guión exquisito de Steven Zaillian (aquí, entero y en inglés), la música más perfecta jamás creada por John Williams y una historia francamente soberbia, que logra mantener vivo en nosotros, por mucho tiempo, el horror del Holocausto nazi, el resultado es excepcional. En mi opinión, la mejor obra de Spielberg.
¿Laguna? Bueno, tal vez incluso océano. No haber visto todavía la reconocidísima Dirty Harry, que catapultó merecidamente a Clint Eastwood al estrellato, era ciertamente una carencia que necesitaba suplir cuanto antes. Hace poco lo logré, y constaté que Eastwood puede enorgullecerse de haber encarnado con extraordinario acierto a uno de los personajes más duros de la historia del cine. La pistola Magnum 44 es, con razón, leyenda.
Aún diré más. Creo que Jack Bauer, héroe de acción donde los haya, símbolo de fortaleza e intrepidez, aprende del imperturbable Harry. Y es que Don Siegel firma aquí la primera de una saga -luego vendrían, recuerden, Magnum Force y The Enforcer- de policías corruptos memorable… por supuesto, no apta para todos los públicos. Los protagonistas están a la altura, el antagonista resulta odioso, la historia vale la pena, el montaje consigue mover al suspense y el guión (aquí en PDF) regala monólogos únicos, como el famoso: Ya sé lo que estás pensando: “¿he disparado seis o sólo cinco veces?” La verdad, con todo este ajetreo yo también he perdido la cuenta, pero dado que esta pistola es una Magnum 44, el arma más poderosa del mundo, que puede volarte la cabeza de un tiro, sólo tienes que responderte a ti mismo: “¿es mi día de suerte?”
Discúlpenme si mis últimas entradas están limitándose a escuetas críticas de películas. Pero es que, oigan, hay mucho cine bueno por descubrir.
La vida se encarga de darnos algunos varapalos, claro está. Y también algunas grandes alegrías. Podemos afrontar tales situaciones llenos de confusión y desasosiego, porque nos incomoda ignorar cuánto tiempo permaneceremos sufriendo o gozando. En esos momentos, ejercitar la paciencia es algo prioritario: sosiega nuestro ánimo y nos permite juzgar las cosas con ecuanimidad.
Creo que Zhang Yimou, uno de los directores chinos más sobresalientes de la historia, consigue eso con su cine: que aprendamos a valorar las cosas importantes de la vida, que descubramos cómo la mayoría de nuestras preocupaciones se refieren a cuestiones triviales, que nos convenzamos de que el amor mueve el mundo y las relaciones personales. Ni uno menos, una de las 20 escasas películas de Yimou, presenta una bellísima y sencillísima historia de superación, escrita originariamente por un pastor chino que sufrió la revolución en carne propia, que absorbe al espectador y lo lleva al terreno de la auténtica contemplación.
Entrañable, poética y poderosa como pocas he visto nunca. Aquí pongo el tributo que un fan rinde a este director sublime:
Me gusta comprobar que los de Blogdecine, filmaffinity y FilaSiete, entre otros, coinciden conmigo. Prefiero no mencionar los premios que se llevó, aunque no fueron suficientes.
Como ya hicimos recientemente con Knight and Day, vuelvo a presentar un pequeño ejercicio de análisis de estructura de guión. En este caso, la elegida -dentro de los parámetros del “cine corriente y moliente”- es Unstoppable (Tony Scott, 2010). Una película mucho mejor en todos los sentidos que la ya citada Knight and Day. Para empezar, cuenta con mejores intérpretes y un director con un pulso excepcional: acordémonos de Enemy of the State, Spy Game, Man on Fire…. Y ante todo, el guión es bueno. Mucho más sólido y con un desarrollo de los personajes mil veces más profundo. Aunque quizá un poco cargado de tecnicismos ferroviarios y demasiado invasivo en términos de planificación. Pero merece la pena.
Las virtudes de este drama (o dramón) romántico se cuentan por docenas. Y los defectos… bueno, ni siquiera los encuentro. Es un remake, de acuerdo, y hay algún que otro pequeño desajuste histórico. Pero poco más.
En El velo pintado prevalecen, ante todo, la historia y, una vez más, las interpretaciones, en este caso las de Edward Norton -formidable: su camaleónica capacidad para encarnar cualquier papel lo convierten en un verdadero portento de la actuación- y Naomi Watts -cautivadora y, como siempre, única para transmitir sentimientos-. El filme gira en torno a ellos, un matrimonio olvidado en la China exótica de principios del siglo XX. Salen a la palestra, con una expresividad que conmueve e interpela al espectador, temas tan intrincados como el adulterio, el perdón y la muerte. Si existe una conclusión final, es que todos nos equivocamos, todos escondemos debilidades y arrogancias, si bien eso no tiene la última palabra. La tiene el amor.
No cuesta adivinar que la producción carecía de mucho presupuesto. Lo cual demuestra que si detrás de la película hay un buen guión (no olvidemos que la obra originaria fue escrita por el célebre Sommerset Maugham), lo demás no importa tanto. Cuando quiere, Hollywood sabe hacer un cine sabroso, intenso, lleno de pasión y vitalidad, donde no siempre hacen falta las palabras e intervienen, en cambio, las miradas, los gestos, la fotografía y la banda sonora.
Dejo paso a una escena memorable, dura y contundente como pocas. En esto consiste el séptimo arte, señores:
Pequeña Miss Sunshine es de esas películas que te reconcilian con Hollywood, con las historias sencillas, con los guionistas audaces.
La he visto cuatro veces y creo que, aun gozando de un reparto excelente, en último término sobresalen dos intérpretes. La primera, Abigail Breslin, una desconocida niña que, aunque se las da de gordita, fea y repelente, al final logra encandilar a la mitad de audiencia. El otro es Steve Carell, que ya despuntó en Melinda y Melinda, de Woody Allen, y que aquí borda el rol del hermano homosexual obsesionado con Proust.
La película se estrenó en el Festival de Cine de Sundance en 2006. Se trataba de una nueva road movie, algo que por entonces parecía destinado al fracaso o al sopor. Sin embargo, eltono cómico de la historia, los diálogos inteligentes, el mensaje final y la crítica lúcida a los estándares actuales de belleza eran elementos más que suficientes para ganarse al público y a la crítica. Con razón.
Gran parte del mérito del largometraje corresponde al guión (aquí en .pdf) de Michael Arndt, que combina con acierto la tragedia y la comedia sin que decaiga, jamás, el ritmo vitalista y desenfadado. Brillante.
Dejo el trailer. Y, por favor, si pueden, véanla en V.O.
Que nadie se rasgue las vestiduras. De vez en cuando viene muy bien un poco de cine de digestión ligera (aviso de que tengo en camino un jugoso artículo en apología del “cine de palomitas”). Y muy pocos o ninguno se dan cuenta de lo aleccionador que resulta estudiar a fondo esas películas “de baratillo”. Porque la mayoría (de las películas) lo son, y además la mayoría se producen, y la mayoría ganan dinero: o sea, que gustan. Y además están –en su mayoría, otra vez– llamativamente cortadas por el mismo patrón. Un ejemplo: Knight and Day (Mangold, 2010). Aquí dejo colgado el guión original (que sufrió importantes cambios en reescritura) y, a modo de ejercicio, un análisis de la estructura de la historia. Todo ello en inglés. Y por supuesto, con spoilers.
Qué decir, la verdad, porque cualquier adjetivo se queda corto y cualquier crítica pecará, sin duda, de temeraria. Pero no está de más recordar a nuestros lectores la conveniencia de volver una y otra vez sobre la filmografía de Audrey Hepburn. La incomparable Audrey. La hechicera de las hechiceras.
¿Por qué este filme conserva su calidad y su encanto pese al paso de los años? Desde luego, las causas son numerosas y no resulta fácil conocerlas ni recogerlas todas. Aunque se entreven varias. Por ellos dos, por supuesto: Audrey y Gregory Peck, tan caballero, apuesto y cercano. Y por el lugar: Roma, tan embriagadora. Y por la destreza del director: Wyler, tan magistral como siempre. Y por el guión (en inglés): el resultado de tres mentes prodigiosas, Ian McLellan Hunter, John Dighton y Dalton Trumbo. Y por el vestuario de Audrey: obra del diseñador Givenchy.
Fue la primera película verdaderamente memorable de Audrey -le valió el Oscar aquel año, quitándoselo de las manos (así, sin más) a Ava Gardner y Deborah Kerr-, y consolidó a Wyler en el género de la comedia, algo que muchos hasta entonces seguían poniendo en duda.
Doy por supuesto que nuestros lectores ya la han visto, así que, por favor, vuelvan a hacerlo cuando buenamente puedan para deleitarse con un cine eterno. Debajo incluyo una escena simpática y espontánea, que refleja el susto real que se llevó Audrey con la broma de Peck:
El cine es un arte maravilloso y cautivador. También lo es la literatura. 'Scenas de Guión' es para disfrutar con las artes narrativas, en general. Porque pueden enseñarnos mucho acerca de la vida. Y porque, practicándolas, también podemos enseñar mucho a los demás.
Aquí encontrarán cuestiones variadas acerca del guión cinematográfico; crítica de cine; escenas míticas, y otras reflexiones. Quizás, también, algo de literatura y artes visuales... que lo disfruten.
"Una película tiene tres elementos fundamentales: el guión, el guión y el guión".
Sir Alfred Hitchcock
"Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Esto es el suspense".
Sir Alfred Hitchcock
"¿Quién necesita a un guionista? Dadme un director competente y un par de actores inteligentes y en ocho semanas os mostraré a los tres tipos más nerviosos que hayáis visto".
Groucho Marx
"Escribir un guión no es esperar a que llegue la musa y te bese en la frente; es un trabajo muy duro. He hecho ambos trabajos, y sé que dirigir es un placer y escribir un guión es un rollo".
Billy Wilder
"Lo más importante es tener un buen guión. Los cineastas no son alquimistas. No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate".
Billy Wilder